jueves, 4 de junio de 2015

Las películas...

son todo lo que me queda. Pero no se piense que soy actor, productor, director o algo así que tenga que ver con la creación del cine. No. Soy un aficionado a las películas desde aquella ocasión que recuerdo fue mi primera visita de forma consciente a un cine. Un cine real. No esas madres que existen ahora con 80 mini salas y que se escucha el sonido de una en otra. No no no.
Yo fui a un cine de esos grandotes que le cabían como 200 personas, donde los niños corrían por todo el lugar y cuando empezaban a apagar las luces, corrían más para encontrar a sus padres que levantaban los brazos para que sus engendros regresaran al resguardo de la familia y vieran la película todos en bola.
Después de eso, el cine se empezó a llevar a la casa, primero en Beta, luego en VHS, luego en VCD, luego en DVD, en Laser Disc, en Bluray y ahora, en formato digital. Ya no es necesario acudir a esas salas caras, manejadas por adolescentes que no saben qué hacer con su vida y los ponen a manejar los proyectores (situación que deriva en una mala proyección con subtítulos cortados y proyecciones fuera de la pantalla).
Me casé cuando tenía 30 años. Nuestro romance no se pareció en nada a esas situaciones majestuosas que veía llegar de Hollywood. Tampoco se pareció a esas situaciones bien pobres del cine nacional. Más bien fue como una cosa real. Llegar a ese punto fue difícil porque siempre pensé que mi esposa sería esa mujer a la cual rescataría de alguna situación de enorme peligro (monstruo, tragedia natural, conspiración comunista). Pero no. Sólo nos conocimos una tarde en un café. Me anime a acercarme, platicamos, quedamos de vernos otro día y así fue el asunto.
Nos casamos en una ceremonia muy austera. No tuvimos una hermosa carroza jalada por 12 corceles blancos que nos llevaron por el camino hasta perdernos en un anaranjado y hermoso atardecer. La noche de bodas no la deje devastada de placer, no tuvimos un desayuno con champaña al amanecer en la playa. Tampoco vivimos los siguientes 30 años con aventuras increíbles, peleamos contra enemigos que alteraban nuestra paz (y la del mundo), tampoco hicimos descubrimientos arqueológicos que cambiarían la historia del mundo, tampoco visitamos lugares donde tuvimos que sobrevivir a las grandes tragedias de la naturaleza.
No.
Vivimos una vida tranquila, trabajando yo, ella haciendo labores en casa al principio. Después haciendo manualidades, cosiendo ropa, creando recuerdos para fiestas. Porque hijos no tuvimos y las mascotas nunca nos llamaron la atención. Viajamos un poco: playa, bosque, desierto. Fueron viajes muy bonitos y la pasamos muy bien juntos. Ahora ella ya no está. La vida se va acabando y un día ya no despertó. Sólo se quedo ahí con sus ojitos cerrados. Tranquila.
Y ahora.
Sólo me quedan las películas, que siempre han estado conmigo. Porque también veíamos películas juntos, comíamos palomitas, helado, tomábamos café con galletitas y a últimas fechas nos quedábamos dormidos envueltos en nuestra cobija. Ahora es todo lo que me queda.
Los tiempos han cambiado y ahora todo está lleno de super héroes, de explosiones, de persecuciones y siguen las tragedias naturales. Sólo que todo parece más real. Yo sigo soñando que algún día veré eso en la vida real. Porque a pesar de que el cine siempre me ha hecho soñar, a pesar de que en la vida real he tenido algunos momentos maravillosos, aún siento que algo más interesante debe pasar.
Aunque físicamente no sé si resistiría una aventura en la jungla.
O un viaje a otra galaxia.
O adquirir poderes especiales.
Pero la ilusión de que eso pueda suceder me da mucha emoción.
Aunque por el momento, sólo pasa en mi pantalla de televisión.
Por el momento.

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