lunes, 19 de mayo de 2014

Pequeños detalles

que alegran la vida.
Escondidos en el ajetreo diario de la ciudad, pequeñas cosas por las cuáles parezco loco sonriendo bajo el día nublado, platicando con las aves que comen a mi lado, revisando las partes del metro que se están zafando y pensando " aver si esta madre no se zafa en una vuelta y nos carga la tía de las muchachas". Bajando escaleras custodiadas por policías de bajo salario y nula alegría en sus rostros. Todo parece una repetición, un loop infinito de rutina que te obliga a acudir a un lugar para solventar las necesidades diarias, junto con otros millones que hacen lo mismo en camión, micro, auto, metro, trolebús y, claro en bicicleta (somos una ciudad de primer mundo). Sonríe, a la gente no le cae bien alguien que no sonríe, que no platica de lo que hizo el fin de semana. A mí tampoco me gusta la gente. Prefiero las aves, el cielo con nubes, la lluvia ácida, las pelis ochenteras y las palomitas en la olla plateada. El problema de sobrevivir es que no existen planes de emergencia. Sobrevives con lo posible y entonces llega ese momento en el cual de repente quieres vivir. Pero no tienes vida. Sobrevivir no te da una casa, ni un trabajo fijo, ni una situación desahogada después de varios años de trabajar e ir planificando lo que vas a hacer unos años después. Sobrevives. Este día puede estar bonito, puede que no. Todos los días aprendes algo. Puede que sea un día ajetreado, puede que no. Puede ser que... o puede que no. La vida real no te pasa los créditos finales con una canción que sensibiliza a los espectadores. Los pequeños detalles me han mantenido y me han permitido vivir los grandes momentos. Aunque no pueden durar para siempre.

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