sábado, 22 de febrero de 2014

Nacho Vegas...

encierra en sus letras ese perpetuo dolor que a algunos nos representa respirar todos los días, pero que preferimos experimentar en vez de yacer en la caja o en la urna sin tener sensación alguna.
Generalmente el desamor es el motor de las rolas que van de los 3 a los 9 minutos; estridentes o calmadas pero siempre de un ritmo pausado con toques de rock melódico exactas para emborracharse en una actitud de macho alfa venido a menos por esa hembra que le fragmento el corazón como el niño que rompe la vajilla que la abuela presumía a todas sus visitas en la sala de la casa y que había sido heredada por más de 4 generaciones.
También hay alcohol en sus letras, drogas, sexo pagado, besos perdidos, amistades muertas, lugares públicos en España (eso lo supongo porque nunca he ido), relaciones imaginarias, relaciones sexuales (reales e imaginarias), confesiones dolorosas y mucha depresión.
La parte depresiva de Nacho es lo que permea todos sus materiales; la música es muy buena pero deprimente, las letras son total y absolutamente deprimentes y su voz es la de un cantante de esos que estaban listos para triunfar cantándole al amor pero que antes de su debut sufre rompimiento de corazón en millones de pedazos irreparables y no le queda más que cantarle al dolor.
Y aunque lo mío no son las relaciones auto destructivas debo confesar que no puedo dejar de escucharlo y tener mi dosis de depresión necesaria.
Es un vicio, una droga auditiva que me parte el corazón y me pone el alma en posición fetal mientras lloriquea por la crueldad y el frío que golpea cuando hay un vacío en la vida o cuando las cosas no salen bien o cuando entro al metro y se acaba de ir el convoy o cuando pido de tripa y no hay o cuando te mando msm y no me contestas o cuando no pasa la tarjeta y no traemos efectivo o cuando simplemente es un momento triste de respirar mientras la tarde se torna naranja sin nubes y con aire fresco.

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