Como invitado, como teacher, como coordinador.
Así se fue mi primer año en un proyecto educativo que me ha llevado a explotar lo mejor de mi persona en beneficio de una bola de chamacos que al principio tenían miedo y después han tenido amor por mi ser panzón que trata de inculcarles las buenas cosas que he aprendido de la vida.
Un año escolar que ha sido complicado, que ha traído sustos, aprendizajes, alegrías, crecimiento, cansancio, felicidad y espiritualidad a mi vida.
Una muestra de que siempre se puede aprender algo nuevo, no importa la edad, mientras estemos vivos y funcionando.
Es increíble cómo crecen los pequeños.
Es asombroso cómo día a día van aprendiendo cosas nuevas, cosas interesantes para ellos.
Es fantástico verlos sonreír conmigo, recibir sus abrazos y sus palabras sinceras de cariño.
Es impresionante cómo cambia el rostro de los padres que al principio estaban desconfiados, incrédulos, dudosos y temerosos de dejar a sus niños en compañía de unos adultos extraños y ahora las sonrisas, las palmadas en la espalda, los pequeños detalles, las despedidas amables son una constante al saber que soy parte de un gran equipo que no sólo cuida de sus más grandes tesoros, también estamos haciendo un gran esfuerzo por educarlos de la mejor manera buscando que sean unos niños felices.
Todas las mañanas que despierto y hago mis actividades rutinarias, voy perdiendo esa carga invisible conforme me acerco a la escuela y al ver sonreír a esos pequeños gremlins, el día cambia.
A los niños no los puedes comprar, ni engañar.
Ellos darán su amor sincero a quien consideren merecedor de este.
A pesar de que con algunos la relación es un poco difícil, ahora que parezco sarigüeya con sus crías encima, me doy cuenta de que este hermoso momento es digno de vivirse.
Cuando las madres y padres se despiden y llevan a sus niños de la mano alegres de regreso a casa con un nuevo conocimiento o con la simple alegría de haber convivido con sus compañeritos, o de hbaer saltado hoy lo que no habían saltado o de haber caminado por primera vez, o de haber dicho una palabra o de haber escrito la primer letra de su nombre o de aprender los colores o de haberse comido todo un plato de guisado, en ese preciso momento hay algo adentro de mí que empuja una lágrima cursi y hermosa que es señal de una misión diaria cumplida.
Estoy muy feliz y agradecido por la oportunidad de formar parte del desarrollo de todos ellos y de los que vendrán pronto.
Gracias.
Muchas gracias.
